De La Mancha al Mundo

De Persia al Asia Central

 

Primero de todo disculparme con las personas que me siguen en esta travesía, por no estar siempre actualizado.

Escribo estas líneas desde la histórica ciudad de Bujara, donde he llegado después de atravesar extensas zonas desérticas, sobre todo en Turkmenistán. Aquí en Bujara se encuentra internet con relativa facilidad en el centro histórico, por el precio de un café, o una bola de helado de plátano, en mi caso. El precio es 5000 sums, que al cambio es menos de un euro. El bar está cerrando y me han dicho que puedo quedarme en la terraza el tiempo que necesite.

Pero fuera de los ámbitos turísticos, no se encuentra internet en lugares públicos y  menos en Turkmenistán e Irán.

Empecemos por este último.

Entraba a Irán finales de abril, después de haber atravesado la folklórica Georgia y una montañosa Armenia, que me había regalado lo que yo pensaba serían los últimos fríos, la última lluvia y el último paisaje verde de la temporada. Cruzaba la frontera en el valle del río Aras, con unas formaciones rocosas espectaculares, al anochecer. Cubría unos kilómetros hasta llegar al primer pueblo, donde acampé en el parque, según me indicó un policía que me había escoltado durante 5km y a la vez resguardado del viento frontal que me recibía. Era un policía fronterizo, que me había visto cruzar, y cordialmente me trajo un té. Sería el primero de muchos. Es la bebida omnipresente, como en Turquía. Entre amigos, entre familiares, entre enamorados, en el bazar, en el taxi, en la tienda, en la panadería, en la barriga de tu madre,  en el despacho, en el quirófano, en el parque. Varias veces al día. Cada día. Sirve para contar historias, para jugar a las cartas, para discutir sobre las elecciones, para charlar, para estar en silencio,  para hacer negocios, para estudiar…Para cada momento, para cada situación hay un té en esta parte del mundo. Y lo mejor, es que te lo ofrecen sin conocerte, simplemente para propiciar una charla, o por cortesía.  Y si eres extranjero, te vas a hartar de ser invitado a tomar té: “Çai”. Mi amigo Jesús dice que el té es engañar al agua, pero aquí casi que es una forma de vida.

Así que ahí en ese parque, montando la tienda, se acercó el dueño del quiosco que había más allá, para convidarme a uno de esos. El dueño del quiosco era músico, tocaba la flauta travesera y una especie de djembé iraní, hecho con cerámica. Así que yo monté el clarinete y compartimos algunas melodías, porque había avisado a sus amigos y no tardaron en unirse al corro. Me enseñaron algunas palabras en persa, que serían muy útiles durante las próximas semanas: “gracias, hola, adiós, qué tal, bicicleta, muy bien”.

Les pregunté que dónde podría conseguir wifi, y entendí que no sería una tarea fácil en este nuevo territorio. Aprendí que hay un filtro (en Turquía también existe, aunque más suave) que no permite entrar a páginas como Youtube, Facebook, o simplemente el blog del instituto de mi pueblo, que ha cumplido 25 años. Pero las primeras sensaciones eran buenas, parecían buena gente los habitantes de este nuevo país. Internet sería algo secundario.

Y efectivamente, las siguientes semanas me tocó pedalear por nuevos territorios, nuevos paisajes, pero sobre todo me tocó encontrarme con un pueblo sensacional, los persas. Hospitalarios como nadie. Los dátiles, el helado de azafrán, el yogourt con menta, los dulces, los zumos de fruta natural, los bazares, los edificios, la historia, nada impulsa más en las etapas como la gente que fui encontrando. Monté la tienda menos de lo esperado porque muchas veces era invitado a estar con gente: “you are my guest”. Y esto no es algo particular de una determinada condición social, o una región del país. Es algo que está en la cultura.

Llegaron las eleciones, y se vivía un ambiente de ilusión generalizado, algo que no se siente en Europa. En realidad es algo diferente. Porque son contextos políticos muy diferentes. Luego llegó mi cumpleaños, al mismo tiempo que mi visado cumplía por lo que viví en la incertidumbre de ser deportado, o tener que pagar una sanción económica. Finalmente conseguí que me hicieran una extensión de visado por algunos días más, para que me diera tiempo a llegar a la Frontera.

 

Había pasado algo más de un mes en un territorio con una extensa geografía (casi 4 veces el tamaño de España), por lo que el tiempo vino corto, la bicicleta es un medio de viaje que te limita cuando tienes poco tiempo y un país enorme que recorrer. Lo más bonito – y turístico- quedaba además fuera de la ruta hacia el este, por encontrarse al sur. Así que los lugares mágicos como Isfahan, Siraz, Yasz, no pude conocerlos. Sin embargo, me tocó ver los arrozales del Norte y las plantaciones de té,y el verde del paisaje junto al Caspio. Las rocas verticales del valle del Aras, y el increíble bazar de Tabriz. La mega urbe de Teherán, y la espiritual (y conservadora) Mashhad. Las montañas del Elburz con un paso de montaña por encima de los 3200m (encontrando de nuevo el frío, como en Armenia) y una parte de desierto. Elecciones en Teherán, y me hice un año más viejo en Mashhad. Ese fue el recorrido y la experiencia a groso modo en Irán.

Y hace unos días cruzaba a un nuevo país: TURKMENISTÁN

Así que el primero de Junio, como me obligaba el visado (fechas fijas) me puse en marcha bien temprano, después de haber pasado la noche haciendo vivac al lado del centro de salud del último pueblo iraní, Bagjirán.  A las 9 estaba en el puesto fronterizo iraní, después de un último repecho. Sabía que hasta Asgabad era bajada, así que lo subí muy a gusto.  Pero por desgracia esa bajada no se puede hacer en bici, tuve que esperar una hora y poner la bici en un bus pestuzo apiñado con otras 50 o 60 personas para atravesar como sardinas en lata unos 10km de  zona militarizada donde no se puede pedalear.

 

Estaba en Turkmenistán, país cerrado y dictatorial, uno de los más herméticos  del mundo.Y eso se aprecia ya en la frontera, donde me hicieron  desmontar a Penélope (mi bicicleta)  para pasarla por los rayos X. Luego inspección minuciosa de mis materiales, y el golpe a una de mis alforjas donde tenía la cámara. Tuvo que aguantar el chaparrón con gente de pocos modales, para entrar con mi visado de tránsito para recorrer grandes distancias durante 5 días. En verdad, pese a esos difíciles momentos, me consideraba un afortunado de poder transcurrir por esas tierras. Os explico porqué. El 50% de los solicitantes de visado de tránsito para esta antigua república soviética son  rechazados. Sin motivo alguno. Es simplemente una lotería. Yo tenia esa corazonada, y efectivamente tuve la suerte de ser aprobado. Hubiera sido un gran fastidio tener que retroceder hasta Baku, para tomar un barco a Kazajistán y de ahí a Uzbekistán para rodear Turkmenistán.

La experiencia con la gente fue desde luego más humana y mucho mejor que con los militares. No obstante la policía me paró varias veces – viendo que era extranjero – para pedir documentación y preguntarme el nombre del hotel donde estaba. Mi respuesta era: “dame un segundo, que lo miro”. Había marcado en la documentación para que me dieran el visado que me quedaba en un hotel – es obligatorio – al que nunca toqué la puerta porque el precio eran 100dólares la noche. En la capital es lo normal para los extranjeros. Así que tras sin detenimiento ver la opulenta Ashgabat salí arreando hacia las zonas rurales. Esa noche acabaría durmiendo en una granja donde criaban camellos. Amanecí y me dieron a probar la leche de los camellos, que junto con el redbull que llevaba desde hacía semanas en las alforjas esa mañana me hizo pedalear a velocidad de vespino. Pero aún así era imposible recorrer esos 700 km en 5 días. Además que el viento venia de frente, así que tuve que auxiliarme para avanzar hasta Mari de un camión que me salvó unos 200 km.

Eran zonas de inmensas llanuras, que llevan al desierto. Clima seco y vientos del norte. Excepto la noche que pasé en el desierto de Karakum, (desierto de arenas negras en lengua turcomana) cada día tuve la suerte de encontrar con alguien que quiso – como en Irán- brindarme un pedazo de su hogar para que yo me sintiera como si estuviera en mi casa. Solamente que en mi casa tengo una cama -la hecho de menos- y por lo general cuando te invitan a una casa tanto en Irán como en Turkmenistán, como en Uzbekistán, duermes en la alfombra, porque es lo normal. Así que toca extender la esterilla. (Creo que llevo un mes y medio sin dormir en una cama). Pero ese pequeño confort, la compañía, y  la sensación conocer la cultura a través de una familia es única. Además los turistas no están autorizados a dormir en casas particulares, si no en los pocos -y caros – hoteles que existen, Por lo que además, sientes que es algo -ilógicamente- prohibido, y eso causa aún más sensación.

Por lo tanto, en Turkmenistán mis huéspedes fueron una familia de ganaderos, un ingeniero jubilado que había estudiado en Moscú que vivía en una casa con todos sus nietos y un señor que tenía un puesto de bebida y comida en la carretera entre Mary y Turkmenabad, antes de llegar al desierto.

He de decir que las 5 jornadas por Turkmenistán fueron espectaculares, superado las expectativas que llevaba. Durmiendo poco y pedaleando mucho. Pude visitar además – desde la puerta como aquel que dice-  dos lugares Patrimonio de la Humanidad, ambos vestigios arqueológicos de antiguas ciudades en la Ruta de la Seda.

Las distancias entre ciudades en Turkmenistán son enormes. Cinco millones se distribuyen en un territorio similar al de España. Por lo que hay amplias zonas sin población. Ahí, donde pasé la noche en el desierto, estaba a 90km del entorno habitado más próximo.

Señores turkmenos en Merv

La primera noche en la granja, y la segunda en  Mari, una ciudad con nombre muy familiar. Pernoctaba en casa de de Mohammed, con su familia y todos sus nietos. Un antiguo ingeniero civil que había estudiado en Moscú.

La tercera noche estuve en una aldea, pasado el canal de Qaracorum, ya próximo al desierto, donde pude además ver la final de la Champions league.

La siguiente noche acampe en el desierto, con un cielo estrellado de lo más hermoso que he visto jamás. Pude hacer fuego y cocinar. Disfrutar un entorno único, aún sabiendo que es un entorno salvaje, con animales que campan a su libre albedrío (como debe ser) y que parece no estaban demasiado hambrientos pues no se acercaron.

La gente que encontré fue curiosa por mi persona, muchos de ellos era la primera vez que veían una persona de otro país. Hubiera sido fantástico hablar ruso, para poder comunicarse fluidamente.

Fueron unos días muy interesantes, viviendo, aprendiendo, pedaleando y observando siempre a contrarreloj.

A veces esos lugares herméticos, cerrados al mundo, dictatoriales, te sorprenden con gente maja, agradable y con ganas de viajar a través de ti. Así que me tocó – ahora si con todo el gusto del mundo- mostrar imágenes de mi tierra, de mi familia, de mi país.

 

Comparto algunas imágenes, que valen por miles de palabras.

Penélope se adapta a todos los terrenos, qué remedio. Aquí a 3200m de altura, en Dizin, Irán.

Lo que puede dar de sí el ladrillo visto. Mausoleo Sultán Sanjar, en Turkmenistán.

En las alturas de las montañas al norte de Irán, apenas unos 70km de la capital, encuentras nieve por encima de los 3000m

Con las criaturas del pueblo

 

Los caminos de IRAN, a veces pedaleando en solitario sin cruzarte un alma durante horas.

 

Las murallas de la ciudadela de Bujara desde donde se gobernaba la ciudad hasta hace un siglo hace soñar con esas caravanas de Camellos que cruzaban estos lugares durante la Edad Media.

Las murallas de la ciudadela de Bujara desde donde se gobernaba la ciudad hasta hace un siglo.

Paredes de barro y mujeres de negro. Pueblo del desierto iraní.

Los coches en Turkmenistán tienen o matrícula blanca si no pertenecen al gobierno, y verde si pertenecen a éste. Luego están los que se mueven en burro, o en bici, que no necesitan matrícula.

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