De La Mancha al Mundo

Malacca, un carrefour de Historias

 

Eran los últimos siglos de la Edad Antigua.

Pero incluso antes de eso, la manera era la misma. Siempre aquí todo llegó por el agua: Arribaban mecidos por los Océanos. La mar, y el viento.. El viento mismo que arrastraba las lluvias del monzón cada verano. Lluvia que se convertiría en Mar. En aquel entonces también éramos el Planeta Azul.  

Desde el Oeste, mercantes de Arabia, África, Persia, y de los reinos del sur de la India. Pero también del Este, de las infinitas islas de la gran Indonesia, y los reinos de Java. Lo más fino de la época. El petróleo (¿es eso lo más fino de la nuestra?) de aquel entonces era la seda de la China, marfil, sándalo, perfumes, piedras preciosas, alcanfor…

Esos comerciantes que dejaron de seguir la Ruta de la Seda por tierra, comenzaron a explorar el mar.  Llegaron hasta aquí, tras meses de aventura, y continuaban la ruta hacia oriente siguiendo el angosto corredor que forman la Península malaya con la gran isla de Sumatra: desde entonces se llama el estrecho de Malaca. Y así conseguían alcanzar su objetivo: el Mar de la China. De algún modo aquí se comenzó a globalizar el mundo hace 500 años. 

Los vientos siguieron trayendo cada verano las nubes del monzón. Sin parar. Ningún año se olvidaron de llegar. Perfección en los ciclos. En aquello ajeno al deseo humano. En esos procesos que sólamente la Naturaleza del Universo controla. 

Siglos después, empujaron las velas de otros navíos, esta vez de un pequeño reino en el extremo Occidental de Europa, de la Península Ibérica. . Era el final de la Edad Media cuando llegaron los portugueses a Malacca. Ellos se especializaron en el comercio de esclavos, ébano, oro, seda, azúcar, algodón, y especias. Durante muchos años monopolizaron las preciadas especias de las Molucas. Todo eso pasaba por aquí. Y para protegerlo construyeron un fuerte: A Famosa. Aún hoy perdura un resquicio de aquellas murallas. «A porta de Santiago». 

No solamente llegaron productos sólidos, materiales.

Llegó un tipo de riqueza de la que no se puede cargar en cofres en las bodegas de los barcos. Tal vez se podía recoger en forma de libros y documentos. Este lugar se ha regado con ideas, formas de pensar y vivir, en diferentes idiomas. Saberes, creencias, culturas, costumbres, ritos y religiones…

En el siglo XVI se podía rezar a Alá, a Shiva, a Budha, y con la llegada de los lusos, a Jesucristo. Aún hoy día. Innumerables templos de las diferentes ramas o formas de Budismo chino. Incontables Iglesias, de las que una pequeña parte son católicas. Mezquitas con minaretes que llaman religiosamente cada día a la oración, incluso en estos tiempos del cólera. Es algo único en Asia. 

También la Naturaleza  quiso hacer de este lugar un sitio de encuentro.  Entre manglares y grandes petroleros (Malasia exporta petróleo y gas), y algún viejo marinero portugués que sale a faenan lo último que estos mares pueden ofrecer. Aquí enfrente de algún modo se mezclan las aguas del Océano Índico con las del Pacífico.

 

Calles desiertas a finales de Marzo. Una ciudad fantasma fue lo que encontré al llegar.

En el siglo XVII esos vientos monzónicos  también soplaban para traer la lluvia. Pero no solamente traían lluvia. El viento hizo llegar esa vez a los barcos Holandeses, con algún pirata entre medias. Y se quedaron un tiempo.. En concreto 180 años (les tuvo que gustar), hasta que Napoleón invade Holanda. En esa época,  los ingleses aprovecharon e hicieron entrada triunfal destruyendo el fuerte de Malacca que los portugueses levantaron 300 años atrás. Hicieron un trueque finalmente pero acabaron quedándose en Malasia, (y en casi toda Asia) los ingleses en el siglo XIX.  igualmente les gustó, porque se quedaron 130 años. Finalmente se regresaron – a regañadientes-  por las consecuencias que supusieron para el mundo una tal segunda Guerra Mundial…

Mundial también fue la pandemia que llegó en el siglo XXI. Un inesperado virus que puso al mundo en apuros durante unas semanas. 

Y durante ese periodo llegó a las puertas de la ciudad de Malaca un caballero de triste figura, que transformaba tristeza en alegría, tras un buen almuerzo. Esta vez no eran los vientos del monzón: venía empujado por unos vientos lejanos, los mismos que mueven los brazos de los gigantes manchegos. Esos vientos no empujaban las velas de un galeón: insuflaban la ilusión para haber llegado por tierra empujando los pedales de su bicicleta. No traía oro, ni seda, ni especias. Traía un viejo pijama, con una historia curiosa. Y como en otros siglos y otras épocas. Como en cada tiempo y cada viaje que hasta aquí había de arribar, el lugar lo había acogido. Y así ha sido en mi caso. He sido tratado con cordialidad, en esta ciudad-encrucijada, en este carrefour, donde se cruzan los caminos y donde se escribe la Historia:

Al menos en mi Historia personal podré escribir: «Cumplí años y objetivos en Malacca, lugar que dio posada y abrazó este peregrino, en su travesía a las antípodas, durante el tiempo de la epidemia del coronavirus de 2020»

Detalle del Bajo relieve en piedra en una losa en la iglesia más antigua de Asia: San Pablo.

 

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